Ya no se trata de Ellos contra Nosotros
La reducción de barreras políticas y tecnológicas para el comercio en las últimas dos décadas nos han traído enormes ramificaciones. En la nueva economía globalizada, un producto puede ser diseñado por grupos en EEUU e India, tener componentes producidos en Tailandia, Polonia y México, y el ensamblado final se hace en China, desde donde se distribuye a millones de consumidores por todo el mundo. Los beneficios, igualmente distribuidos por el mundo, incluyen: productos mejores y más baratos, puestos de trabajo de mejor remuneración y crecimiento económico.
Pero los activistas anti globalización (usando zapatos diseñados en Seattle y hechos en las Filipinas) usan teléfonos móviles (diseñados en Finlandia y hechos en Taiwán) para colocar comunicados de prensa al Internet, pidiendo restricciones al comercio. Mientras tanto, los sindicatos reclaman “trabajos británicos para los trabajadores británicos”. Si los políticos ceden a estas solicitudes, no solo elevarán el costo de hacer negocios con su país, están haciendo daño al proceso de producción global, elevando los costos de bienes y servicios, privándonos de la innovación, en general dañando el proceso de desarrollo a través del intercambio voluntario.
Es por esto que las clausulas “Compre Americano” y otras medidas “proteccionistas” que fueron introducidas en pos de la crisis financiera son contraproducentes.
Como pasó con medidas similares en recesiones previas, éstas solo prolongarán la crisis actual. Los gobiernos que se permitan caer en el proteccionismo, restringiendo el flujo del comercio, de la inversión de capitales y del capital humano se quedarán con economías, y las oportunidades de sus ciudadanos, atrasadas en la etapa de recuperación en comparación con los países que mantengan o mejoren sus medidas favorables a las realidades y oportunidades de la economía globalizada de hoy.
La integración económica global ha permitido a empresas prosperar a niveles inimaginables hace solo una generación. Una nueva ola de barreras sería un enorme error y tienen que ser evitada. Más bien, las prácticas de comercio e inversión deberían de ser modernizadas a la realidad comercial del Siglo XXI. Para cultivar la promesa de una globalización altamente integrada, los gobiernos deberían de comprometerse a reducir los impedimentos en el flujo de bienes, servicios, inversiones y capital humano. Estas prácticas tendrían mucho sentido bajo circunstancias económicas normales, pero son todavía más importantes en los tiempos difíciles actuales.
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